Solo queremos ser humanos
Todo ello es posible gracias a la literatura. Repase en
su memoria con cuántos personajes ficticios soñó en su infancia, cuando las
historias de Blanca Nieves, La Cenicienta, Pulgarcito hacían volar su
imaginación y tener frente de sí castillos encantados, príncipes azules,
princesas. Imagine qué sería del argumento de las películas si no fuera porque
a tantos genios escritores se les ocurrió crear personajes como Los tres
mosqueteros, Romeo, Julieta, Robinsón Crusoe, Don Quijote, hombres con máscara
de hierro, y tantos más.
La literatura recorre nuestra vida y forma parte de
nuestro mundo siempre. Leemos, como jugamos futbol o cantamos, cuando queremos
en nuestra vida algo más que la simple acumulación de hechos; cuando
necesitamos gozar y desconectarnos de los problemas cotidianos; cuando deseamos
dar una respuesta a los mismos.
Recuerdo mis épocas de estudiante. Leía ávidamente una
obra de García Márquez, por ejemplo, en la camioneta. Siempre me pasaba
una o dos paradas porque el cuento o la novela estaba tan interesante que
prefería retardar un poco el final de mi ruta. Recuerdo también la maravilla
que sentí a los doce años cuando leí por primera vez Doña Bárbara, una
novela de Rómulo Gallegos. Fue una experiencia tan iluminadora que volví a
leerla cuatro o cinco veces. Desde entonces, una buena obra literaria es mi compañera
inseparable.
El problema es que vivimos en un sistema en donde las
modas cambian conforme surgen nuevos productos comerciales que a su vez tienen
la vida breve que tarda en aparecer otro nuevo o viejo producto. Como resultado,
se nos educa (programa) para consumir lo que esté de moda aunque ello no sea
beneficioso para nosotros: canciones de mala calidad, películas sin contenido
enriquecedor, programas de televisión vacíos. La sociedad de consumo nos convierte
en seres que solo responden a la publicidad transmitida por los medios masivos
de comunicación.
Pocos leen literatura porque no está de moda hacerlo. Sería curioso
ver anuncios reiterados para que se compre un poema o una novela de Mario Benedetti,
un escritor uruguayo de nuestro tiempo y de todos los tiempos. Y es que a la
literatura no se le hace publicidad porque no se vende como cualquier perfume o
agua gaseosa. A quien le gusta leer no lo hace porque algún superficial anuncio
se lo haya dicho sino porque ha desarrollado su capacidad humana de sentir y
comprender. La literatura requiere de un proceso de humanización y
desalienación.
Con todo el consumismo como rival, la literatura tiene
muy pocas oportunidades de triunfar en nuestro gusto. Tiene tantos y tan
poderosos enemigos que debe conformarse con atraer solo a quienes por una u
otra causa deciden construir su propia personalidad, al margen de los condicionamientos
y lineamientos de la sociedad de consumo.
Por ello, resulta fantástico y esperanzador encontrarse con personas
que gustan de leer algún poema, por pequeño que este sea; o que se interesen
por leer la novela La guerra de los mundos después de haber visto la
adaptación (pésima, por cierto) que de ella hicieron en el cine.
En consecuencia, el interés primordial de cualquier curso
de literatura debe ser el de despertar en los alumnos el interés por leer espontáneamente
cualquier poema, aunque no sea de un escritor consagrado. Lograr ese objetivo
significa abrirle la mente a nuevos mundos; a nuevas formas de entender la realidad.
Será un buen profesor de literatura quien logre que sus alumnos identifiquen o
confronten su humanidad con la que la obra le sugiere.
Para ello, no se necesita obligar a los alumnos a leer
obras solo porque algunos señores, llamados críticos literarios, han decidido
que son las mejores creaciones de la literatura universal. Por el contrario, el
buen maestro debe estar siempre atento, conocer bien a sus alumnos y alumnas
para buscar las obras que mejor se adapten a sus gustos e intereses.
Afortunadamente, existen tantas obras literarias que nunca se agotan las
posibilidades de encontrar la más adecuada.
Por su parte, buen alumno de literatura es aquél que
encuentra en cada libro una forma de ver la vida distinta a la que estaba
acostumbrado. Quien descubre que existen muchas formas de interpretar la
realidad y que en cada cuento, novela o poema, tiene una oportunidad para
conocer a personas, sociedades y mundos diferentes al propio. Quien, tras leer
una obra, reflexiona acerca de sus propias ideas y las somete a discusión en
cada lectura, con cada libro, con cada autor, con cada época.
Precisamente en ello radica el gran valor de una obra
literaria. Veamos: las películas comerciales nos transmiten todas (o casi
todas) una misma forma de ver el mundo. Proyectan una visión egoísta,
individualista, hedonista, sexista y racista. Podemos ver cien películas
comerciales y en ninguna encontraremos algo realmente novedoso. Podrá tener
buenos efectos, excelentes actores; podrá ser emocionante; etc.; pero
difícilmente será enriquecedora. En cambio, en cada novela o cuento encontramos
siempre algo nuevo; algo que no habíamos pensado.
Lo mismo pasa con las canciones de la radio: en todas
ellas se transmite un concepto vacío del amor; todas hablan de alguien que
muere por su ser amado; hablan de bajarle las estrellas o llevarla a la cima
del cielo... en fin, hacen ver al pobre Amor como un ser extraterrestre que
vive en las nubes o quién sabe dónde. En cambio, leemos un poema de Bécquer y
lo encontramos romántico, pero diferente; unos versos de Neruda serán más
melancólicos pero también verán el amor desde una óptica diferente. Luego, si
leemos poesía de Benedetti veremos que este autor también habla del amor, pero
de una forma distinta.
A veces, la misma sociedad de consumo nos hace pensar que
la literatura es apta solo para personas raras que poseen gustos exóticos.
Incluso, en las películas se presenta a las personas que leen como seres
inadaptados, amargados o problemáticos. Pero ello no es cierto. Le garantizo
que yo soy “normal” y feliz, “a pesar” de que llevo 26 años leyendo y leyendo
literatura de todo tipo. Por supuesto, habrá alguno que otro loco por ahí
creyéndose poeta inadaptado, vestido de forma rara y peleándose con todo el
mundo; pero igual los hay, y más peligrosos, en la gente que no lee ni los
titulares de prensa.
También hay que ver la forma en que los profesores de
literatura incentivan la lectura en sus alumnos. En primer lugar, eligen obras
aburridas, solo porque leyeron que alguien había dicho que era una obra cumbre
de la literatura nacional o universal. Los pobres e indefensos alumnos se la
tienen que tragar (o buscar un resumen en internet) porque no les queda
alternativa. Y ¡hay de aquel que no lea! o que diga que esa obra no le gustó,
porque enfurece al maestro y lo hace proferir una retahíla de insultos disfrazados
de consejos sanos...
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En segundo lugar, muchos profesores hacen creer que la literatura es
como una pastilla: amarga, pero necesaria. Les dicen a sus alumnos que no sean
ignorantes, que son unos pervertidos por preferir la televisión a una obra de
Cervantes; que deben atragantarse el Poema del Mío Cid para conocer la
literatura medieval... en fin. Así, ni modo, los alumnos salen de cada clase como
que su papás los hubieran regañado o culpándose a sí mismos por ser tan tontos.
Pero, aquí entre nos, le digo un secreto: no hay que leer
un texto literario para aprender esto o aquello; para culturizarnos o para no
ser ignorantes; hay que leerlo porque nos agrada o porque la pasamos bien. Ya
va a ver que al final de este libro usted mismo, sin que nadie se lo ordene, va
a tener ganas de leer otro poema de Benedetti o, por qué no, una novela de
Julio Cortázar.
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